Introducción

Pintura intuitiva como homenaje al ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

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En este conjunto cervantino, compuesto por cincuenta y nueve obras, debo reconocer que más allá de las consecuencias finales de sus disquisiciones artísticas (siendo éstas considerables), me atrae infinitamente con mayor fuerza el motor que las ha dado vida y el proceso de elaboración mental recorrido.

Buen ánimo

Buen ánimo, que todo es nada, 1999

Y es que la pintura de Gondel se corresponde en su estado interior de dualidad expresiva y mediante su genuina encrucijada de resoluciones plásticas, con el entramado literario que encierra la más universal de todas las obras escritas. Lo cual confiere a los resultados obtenidos por su paleta el dulce olor de un laboratorio erudito y un corpulento sabor a camino entre lo propio, personal, y lo universal.

Gondel encierra en su pintura elocuentemente el propósito literario de El Quijote, creando un universo en el que la inteligencia, la erudición, la cultura y la experiencia sirven para proponer paradigmas del vivir. Más concretamente, paradigmas del bien-vivir, un acto-táctica que acaso consista sólo en sobreponerse con señorío a la evidencia de un mundo discorde, engañoso, contradictorio, imposible ya de captar con los sentidos, el dejamiento o la bondad. Con ello nuestro pintor demuestra, y es ésta su convicción primera, que nada admite en la obra de Miguel de Cervantes y Saavedra una única lectura. Todo esto queda magistralmente plasmado en la temática que nuestro artista escoge, que no es sino más que los consejos que el ingenioso hidalgo le da a Sancho, su fiel escudero. Con ello Gondel pretende dejar claro que la tarea de un pintor no consiste sólo en enseñar a ver. Se trata de educar a los "ojos del alma" para que éstos adviertan y el espectador se afiance en un mundo que sólo va a tener justificación una vez conocido el mensaje de la obra de Cervantes.

Pero nuestro pintor parece no conformarse con ello en algunas obras de esta colección y, quizá a causa de su gran admiración por la obra de Cervantes, va más allá destacando con una fuerza inusitada la propia metáfora de la vida vista como representación, originariamente estoica y elaborada después por el racionalismo. Asimiladas ambas, aceptadas como evidencia intelectual, crecen las agudas observaciones de Gondel sobre el ser y el parecer, sobre el engaño y el desengaño y, ahondando en la noción de fantasía que formulará la mente del ingenioso hidalgo, sobre la fragilidad de las representaciones nacidas en percepciones sensoriales. Todo ello para recrear los tan frecuentes motivos quijotescos sobre el engaño a los ojos, de la sociedad como un ser proteico, del mundo como un campo de referencias inestables, de la corte como un microcosmos ejemplificador de las falacias universales; es decir, interpretando estéticamente las dicotomías máscara-verdad, ser-parecer, pensar-obrar, ver-entender, todas ellas tan presentes en la obra que tan bien influencia esta pintura y aún mejor se ve representada en ella.

Partiendo pues de las premisas anteriores sólo quedan entonces varias cuestiones por contestar acerca de esta colección. La primera de ellas viene directamente enunciada una vez que se observan las obras de Gondel por primera vez, y no es sino más que la siguiente: ¿qué sentimiento fue anterior en el homenaje de Gondel a El Quijote: la voluntad abstracta, la tendencia hacia el análisis y la deconstrucción de las formas naturales o su determinada apuesta por la ensoñación quijotesca, por la interpretación de una irrealidad mundana fantaseada y proyectada en la literatura? En mi opinión, Gondel engarza perfectamente en esta colección con sorprendente facilidad ambas posiciones. Por un lado, abunda el trabajo pictórico, la elaboración sobre el soporte, lo que le dota de una expresividad singular, de una capacidad para el análisis de la obra literaria que posibilita una lenta destrucción de la Naturaleza hacia la abstracción. Por otro, permanecen impasibles las imágenes veladas, latentes, exquisitas sugerencias quijotescas para que el espectador las vaya descifrando. Abstracción aparente, figuración intuida.

La mancha cromática, sabiamente trabajada (a veces unida a la forma) conjetura un esbozo de paisaje. Colores que revelan ilusiones, formas en activo o en negativo, gestos que imaginan líneas que sirven como recurso pictórico para introducirnos en la obra, impulsándonos hacia un horizonte muy lejano o invitando a detenernos frente a cercanas masas uniformes. Y nada totalmente reconocible.

Tenemos, en ocasiones, la impresión de no haber captado la obra en su totalidad. Algo se nos escapa. Percibimos este paseo mental que es la pintura de Gondel de igual manera que lo haríamos con una ojeada o un vistazo imaginativo sobre cualquiera de los pasajes quijotescos que lo inspiran. Algo nos resulta familiar, conocido, cercano, sin acertar a distinguir qué. Los espacios sugeridos, apuntados, deben ser dotados de sentido, reconocidos en el subjetivo armario de la memoria del espectador. ¿Un algo? ¿Un aforismo? No lo podríamos asegurar. Aunque la tentación colorista sea tan fuerte que el artista siempre nos permita tener unos sentimientos donde asentarnos y una lejanía emocional que alcanzar.

La última cuestión a destacar en esta breve introducción crítica a la colección quijotesca es la más breve de todas y, a la vez, la más importante. En ella quiero ante todo reseñar el fin primero que llevó hace ya algunos años a Gondel a realizarla y que no es otro que el querer reflejar las andanzas del hidalgo y su escudero en una atmósfera donde las secuencias del relato cervantino parecen condensarse y evaporarse luego sobre la obra como el mismo raciocinio quijotesco en el hervor de sus ensoñaciones caballerescas. Éste es en sí mismo el principio y el fin de todo el sistema estético creado por el artista en la colección y el carácter que hace que ésta sea tan diferente respecto a la producción gondeliana anterior y posterior. En un primer vistazo, es evidente que la paleta de nuestro pintor se transforma en otra a la hora de plasmar los diferentes pasajes tratados, llegando a hacer personal aquello que en un principio debía ser universal. Así, Gondel consigue plasmar vivencias personales y a la vez ilustra relatos fantásticos universales, lo que demuestra dos conceptos admirables; el primero, el erudito conocimiento quijotesco que el autor posee, y el segundo, una gran experiencia estética que lleva al autor a realizar esta aventura con una notable seguridad y elocuencia, lo que convierte a esta pintura personal en una pintura inteligente, clara y directa, algo que muy pocas veces se puede encontrar en el panorama artístico actual de nuestro país.

Experiencia, claridad de lenguaje y conocimiento son pues los tres fundamentos que Gondel utiliza para crear un lenguaje tan bello como sublime. No podrían ser otros al tratarse de un digno homenaje a tan singular obra. Es claro el propósito y el fin del mensaje que a todos nos pretende enseñar el artista, que no es otro que demostrar que para entender a Cervantes no basta con leerlo y releerlo varias veces, sino que consiste también en haber vivido, pues ¿cómo entender los postulados del hidalgo sin la experiencia de una vida? Quizá es esto lo que hace que el relato cervantino sea cuatrocientos años después de su publicación tan actual y, a la vez, puede que sea esta misma razón la que le da valor a la colección de obras aquí tratada, pues sin lugar a dudas, responde fielmente a este sentimiento.

Iconografía Pintura homenaje al Quijote

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